Ser Consumidos I

Lunes 12 diciembre, 2011 at 4:03 pm / 0 comment

ser consumidos Cavanaugh

Tomo el título de un ensayo de Cavanaugh, traducido y editado el año pasado por la editorial Nuevo Inicio, porque en medio de la barahúnda desplegada por medios e intelectuales, me parece la suya una buena forma de tomar la sartén por el mango.

La discusión está sobre la mesa: «por una parte se nos dice que vivimos en una era de libertad de elección sin precedentes. A medida que se desmoronan las pocas barreras estatales que quedan para liberar los mercados, vemos abrirse a nuestro alrededor toda una infinidad de oportunidades de trabajo y de consumo. Por otra parte, existe un profundo sentido de resignación al destino de las actitudes para con el mercado» (Cavanaugh, 2010). La paradoja que nos presenta es perfectamente identificable: existe un abismo insalvable entre el contenido de la libertad que canta el libre mercado, en cuanto que proceso, y el contenido concreto de nuestra libertad cotidiana. Este asunto no es exclusivo de la esfera económica; a nivel político, respecto de la democracia, los llamados “indignados” han expresado repetidas veces su malestar por la falta de representatividad (que en realidad no es otra cosa que la falta de intervención efectiva en la política). Llegados a este punto, frente a los daños que producen falta de libertad que se dice deducir del libre mercado (especialmente el financiero, donde todos cantamos al son de las bolsas), juegan sus cartas los intervencionistas, pidiendo que la dichosa libertad sea asegurada de una vez por todas. Lo cierto es que no me sorprende: si con Friedman todos rezábamos que la libertad es la ausencia de estorbos y resulta que no termina de llegar, pues ahora le ponemos velas a Marx a ver qué pasa.

Pero, en realidad, «no tiene ningún sentido bendecir o condenar el “libre mercado” en cuento tal»; «ni la intervención del gobierno ni su ausencia garantizan para nada la libertad del mercado» (Cavanaugh, 2010). Toda esta discusión consigue al final enredarnos en una partida que en realidad no se está jugando: «el Gran Empresario no tiene un ideal distinto al de Lenin, esto es, una “tierra electrificada”. Ambos sólo disputan realmente acerca del mejor método de electrificación» (Schmitt, 2011). Lo que está en juego es la optimización económica de forma sistemática (electrificación) de la sociedad; por tanto, se trata de introducir toda la realidad en la cadena de producción transformando «prácticamente todo en una mercancía, es decir, en algo que pueda comprarse o venderse» (Cavanaugh, 2010). «”El postmodernismo es el consumo de la pura transformación de todo en artículos de consumo”, en tanto que proceso» (Ibid); el sujeto se sitúa al final de la cadena productiva para consumir todo aquello que genera el sistema: «el propio trabajo se ha convertido en un bien de consumo, en algo que uno vende al empresario a cambio del dinero necesario para comprar cosas» (Ibid.). Y no importa «lo que se compre [sea producto del laissez faire o de los planes quinquenales] sino que se compre»; se trata de que impere realmente la lógica, la mentalidad, que nos electrifica a todos en un mismo sistema productivo, quedando todos optimizados en el desarrollo de una sola idea (Arendt, 2006):

«Cuando los ejecutivos lamentan el desplazamiento y el sufrimiento que causa el cierre de unas fábricas que pagan unos sueldos con los que se puede vivir y la apertura de otras que no pagan sueldos que lo permitan […] echan la culpa de esa acción a la necesidad, reconocen un sentido muy real en el que el “libre” mercado no les deja libres para actuar de forma que ellos considerarían más justa. En su búsqueda por la mano de obra barata, los ejecutivos apelan a menudo a un cierto sentido del destino inevitable […] Los consumidores querrán maximizar su propia ganancia en cualquier transacción, pagando el precio más bajo posible por un producto. En un mundo de consumo sin fines, se da por supuesto que el consumidor querrá maximizar su propio poder a expensas del trabajador, y el ejecutivo no se siente libre para resistir esta lógica, por temor a que su propia empresa se venga abajo, víctima de la competencia con otras empresas.

[…] La mayoría de nosotros no elegimos conscientemente explotar a otros hasta la muerte por el simple deseo de que bajen los precios de las cosas que compramos. Pero participamos en esta economía porque estamos separados de los productores. […] lo hacemos, no necesariamente porque seamos avaros e indiferentes al sufrimiento de los otros, sino en gran medida porque esos “otros” son invisibles para nosotros» (Cavanaugh, 2010)

Entonces el problema no es, en realidad, la pelea a machete Libre Mercado-Intervencionismo, donde «las consideraciones sobre el bien y la justicia parecen aplicarse al sistema capitalista [o socialista] en conjunto», dejando fuera del escenario cualquier rastro de la relevancia del hombre concreto; una respuesta sustancial al conflicto «no puede evitar implicarse en el nivel de la microeconomía, en la que tienen que realizarse unos tipos concretos de transacciones». «Tenemos que hacer juicios concretos […] si no queremos usar el término “libertad” como un eslogan vacío que sirve para cubrir la depredación del poder duro y puro» (Ibid.). Dicho de otro modo, en un sentido estricto, no podemos realmente hablar de un sistema libre y de justicia, sino de relaciones de libertad y de justicia. «En cuanto que cristianos estamos llamados a crear unas prácticas alternativas concretas que abran un tipo diferente de espacios económicos» (Ibid.), y para ello debemos saber entender cuándo es libre un mercado, es decir qué tipo de acciones y relaciones son libres y cuáles no. Como señala el editor en el prólogo (Martínez Fernández, Arzobispo de Granada), «una de las bondades de este libro es, precisamente que en vez de construir utopías o de buscar culpables, parte de nuestro mundo tal y como es, y sugiere puntos de partida y caminos posibles para ayudar a que nuestras prácticas económicas cotidianas sean más fieles y más conformes a la tradición cristiana en el contexto actual, lo que las haría también más humanas». A ello nos enfrentaremos en el siguiente artículo.

 

Carlos Perez

Bibliografía

William T. Cavanaugh, Ser consumidos, Nuevo Inicio, Granada, 2010.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Alianza Editorial, Madrid, 2006.

Karl Schmitt, Catolicismo Romano y forma política, Tecnos, Madrid, 2011.

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