Imagen de cabecera: Tarsila do Amaral, Operários (1933)
Sabiendo que detrás de estos problemones televisivos siempre hay otras historias, porque en todas partes cuecen habas, me gustaría tomar la imagen de nuestro amigo el rebautizado como cura motero que ha decidido presentarse a Gran Hermano. A pesar de que estoy convencido de que sus argumentos para entrar en el reality –mostrarle al mundo que hay “otras formas” de vivir la vida– forman parte del morbo del show, es una imagen útil porque parece que la Iglesia se haya pasado tres pueblos con su suspensión. ¿Es que acaso está mal lo que ha hecho? Alguno le parecerá evidente, pero estando donde y como estamos, no está de más echar un ojo a estas cosas, por tontas que parezcan.
De todo este asunto lo que a mí me resulta más interesante es el debate por la forma de llevar el hecho cristiano al espacio público. Alguno me preguntará qué tiene que ver el tocino con la velocidad, pues a saber a qué se refiere nuestro clérigo motorizado con esas “formas diferentes de vida”; sobre todo cuando utiliza las palabras «enseñarle al mundo». Pero hagamos el esfuerzo de partir de cero: pensemos que este hombre no va de farol, que lo que dice lo dice en serio (está convencido de que se trata de una buena forma de llevar la Buena Nueva al mundo).
En primer lugar, es algo innegable que cualquier persona que tenga algo que decir al mundo tiene serios problemas para exponerlo simple y llanamente en los medios de comunicación. Todo cae en saco roto. La dificultad se multiplica además en el caso de los mensajes religiosos en medio de una sociedad atea, con unos medios en la práctica laicistas. Esto, sinceramente, resulta bastante evidente; quien diga lo contrario bajo el baluarte de la libertad de expresión en televisión y otros cuentos para no dormir es preferible que aquí deje de leer, no merece la pena.
Sin embargo, y esto nos lleva al segundo punto, esto no supone ningún drama. Muchos andarán bastante mosqueaos desde que se dieron del rollito de los medios, llegando a la mítica conclusión de que con ello se ha conseguido tomar las calles. Es cierto, y esto es innegable, que sería una ayuda importante que hubiese ciertos medios de comunicación en los que no se propusiese una deformación de la realidad, sea del color que sea. No obstante, ello no significa que tengamos que mandar por ello a todos los curas a Gran Hermano, o montar un canal de televisión propio (si los realitys nos resultan demasié para nuestro estatus). El espacio público real no es la opinión pública que aparece en televisión. Que no se me malinterprete, lo preocupante no es que haya medios cristianos; sino que este método se convierta en nuestra esperanza: pensar que el medio de hacer algo en el mundo es tomar los medios de información es un grave error (y además bastante nazi). La fe y su testimonio, como cualquier cuestión humana, no es una idea sino un hecho y, por tanto, no se trata de convencer a nadie ni de tener el poder para hacerlo. Es aquí donde resulta curioso el dato de que nuestro cura superstar fuera profesor, y precisamente de religión.
Creo que estas palabras de Benedicto XVI en el Mensaje para el Día Mundial de las Comunicaciones pueden iluminar mi tesis: «Siempre es importante recordar que el contacto virtual no puede y no debe reemplazar el contacto humano directo con personas en todos los niveles de nuestra vida». Lo que “ocurre” en televisión (o en cualquier otro medio de comunicación) es virtual; es decir, es una mera representación, es una apariencia, más o menos conformada, por lo que ciertamente no está “ocurriendo” (de hecho, la palabra virtual, se utiliza en oposición a efectivo o real). Por tanto, lo que realmente es político, o económico –que se lo digan si no a los cinco millones y medio de parados, a ver si coincide la numérica imagen comunicada con su realidad cotidiana–, lo que realmente es cualquier cosa no puede ni debe ser sustituido por su imagen virtual. Lo virtual muestra una parte del hecho pero no es el hecho mismo; cuanto más en el hecho cristiano, por sus dimensiones. Y allí donde suceden las cosas realmente no están los medios, no son poder de los medios, nada puede eliminar el hecho mismo, sea del tipo que sea (aunque muchas de sus interpretaciones posteriores, o incluso coetáneas al hecho, si estamos lo suficientemente perjudicados por el pensamiento dominante sí que están en su poder; pero esa es otra historia).
Para concluir, queremos resaltar que configurar y reducir el mensaje cristiano (“el modo diferente de vida” como decía nuestro televisivo amigo) a una información, a una moral o a una ética es «reducir la figura de Cristo a su ejemplo» (S. Agustín de Hipona); es decir, significa firmar la carta de defunción de la fe. Esta defunción puede no significar su desaparición adoptando una existencia zombificada; dicho de otro modo, puede convertirse incluso en un producto de consumo. Pero no nos confundamos, esta noticia que tanto habrá consternado ciertos sectores de Iglesia no está muy alejada ni en discontinuidad con otras formas más “ortodoxas” comúnmente aceptadas.
Carlos Perez











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